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Animación Misionera de Córdoba
Comisión Arquidiocesana de
 
 

                  HISTORIA DE LA OBRA                  

El expansionismo colonial de los últimos siglos creaba en toda Europa un complejo de superioridad cultural, técnica e industrial que, a la larga o a la corta, encubriría y encumbraría un complejo de superioridad racial.


Los misioneros eran hijos de esta Europa orgullosa de su esplendor y de sus conquistas. Sacrificados y hasta heroicos por mil y mil conceptos, muchos de ellos se habían dejado ganar, inconscientemente, por este complejo de superioridad y hablaban de los pueblos que evangelizaban como conformados por "pobrecitos salvajes".

Esta aberrante "educación en el menosprecio" de las culturas y religiones de Asia, África y Oceanía, se dejaba sentir en las filas de los católicos "piadosos" y en el apostolado de los misioneros. Para la "piedad" de la época , romántica y sensiblera, era inconcebible que "la sublime dignidad del sacerdocio" pudiera ser conferida a aquellos pobres salvajes de las misiones.
No era éste, sin embargo, el criterio de los Papas sobre la grave responsabilidad de abrir seminarios en las misiones. Basten, como botón de muestra, las afirmaciones de algunos de ellos. "Más quiero la ordenación de un sacerdote indígena, que la conversión de 50,000 infieles", había confesado Inocencio XI.
Pío VI expresó claramente su pensamiento en una carta dirigida a los Vicarios Apostólicos del Extremo Oriente: "Considerad el establecimiento de los seminarios como vuestro primer deber, el más noble y más digno objeto de vuestros afanes".
León XIII mandó grabar en la medalla conmemorativa de la inauguración del seminario pontificio de Kandy (Ceilán): "Tus hijos, Oh, India, serán los ministros de tu salvación".
Y Benedicto XV tiene que expresar esta tristísima constatación: "Es doloroso que haya regiones a las que, desde hace siglos, ha sido llevada la fe católica, pero en las que no se encuentra un clero nativo preparado".
Estos reiterados llamamientos, empero, caían en el vacío o -lo que es peor- encontraban en muchos "piadosos" una sorda resistencia. Además, los políticos e industriales de ese tiempo veían con muy malos ojos la promoción en las colonias de todo tipo de liderazgo, incluido el religioso. La formación de sacerdotes y de obispos nativos, de congregaciones de religiosos y de religiosas autóctonas, les parecía un peligro para el inmediato o lejano futuro.
Bien que negativos, estos eran "los signos de los tiempos". Pero Dios no permanecía neutral ante ellos. Muchos eran los valores que entraban en juego, a comenzar por el de la igualdad fundamental de todos los hombres y por el igual derecho y dignidad de todos los bautizados en la comunidad de la Iglesia. Su espíritu se encargaría de suscitar un profeta, una mujer seglar -Juana Bigard- que, a una con su madre, afronta este grave problema del sacerdocio y del episcopado en los territorios de misión". Escucharon el llamamiento de Dios -dice Juan Pablo II- y consagraran todos sus bienes, todas las energías, su vida toda, a la propagación del Evangelio por medio de la formación de sacerdotes y de hombres y mujeres consagrados a la vida religiosa. Supieron forjar con entusiasmo y tenacidad un instrumento válido para la realización de este noble cometido".
Interesada ya por el mundo de las misiones, se comunica con el P. Villion, célebre misionero del Japón y, a través de éste, entra en relación con Monseñor Cousin, a la sazón Obispo de Nagasaki, cuya comunidad cristiana era, paradójicamente, muy nueva y muy antigua, Nueva, porque el Obispo acababa de reunirla; antigua porque su origen se remontaba a doscientos cincuenta años atrás: cristianos descendientes del puñado de familias que, al desatarse la oleada de persecuciones contra la fe, habían optado por huir a las montañas, decididos a salvar la presencia de la Iglesia en su patria.
Alimentando como podían su fe -de padres a hijos y de éstos a los nietos de sus padres-, se habían mantenido fieles durante dos siglos y medio. Ahora reconocido por el Gobierno el derecho a la libertad religiosa, un Obispo les reunía, les enseñaba el catecismo les administraba los sacramentos. Todos, menos uno: el del sacerdocio; y se decide a levantar un seminario, una modesta vivienda y unas aulas para la docencia, que constituía el "corazón de su diócesis" y la garantía de supervivencia sí, por desgracia, volvían a desatarse las persecuciones.
Ante el problema surgido el día de su inauguración se encontró con 50 muchachos a su puerta, Monseñor Cousin escribió una carta a Juana suplicándole su ayuda para sacar adelante la formación de estos futuros sacerdotes. No sólo eso; al mismo tiempo le hacía compartir su dolor por haber tenido que sacrificar muchos otros espontáneos y generosos ofrecimientos juveniles.
El alma reflexiva de Juana, acostumbrada a elevarse hacia las grandes perspectivas de la universalidad, pronto ve en el seminario de Nagasaki el problema de todos los seminarios que existían o podían existir, con el tiempo, en tierras de misiones. Inmediatamente pone su firme voluntad, su espíritu organizativo y su celo ardiente al servicio de este ideal, y mendiga entre conocidos y amigos ayuda para un seminarista japonés, pero sin pretender limitar sus aspiraciones a un sólo seminario, ni siquiera a un sólo país; su ambición va más allá, es universal : "Las palabras del Obispo de Nagasaki las cree escritas para ella por todos los obispos misioneros" (Goiburu, "Animación Misionera", pág. 207).
Obligada a llevar la dirección central de la Obra fuera de Francia por los obstáculos que el ministerio del interior ponía a su reconocimiento civil, la establece en 1902 en Friburgo de Suiza en la casa de las Franciscanas Misioneras de María, en manos de cuyo fundador -el P. Rafael D'Aurillac- se continúo la ardua labor iniciada, consolidada y propagada por esta militante apasionada de la Iglesia.
El 3 de mayo de 1922, Pío XI elevó a Pontifica esta "Obra Misional de San Pedro Apóstol en favor del Clero Nativo de las misiones", trasladó a la Santa Sede su dirección central y, tres años más tarde, nombró a Santa Teresa del Niño Jesús su patrona celestial.
 

JUANA Y ESTEFANÍA BIGARD
 
Fundada en la ciudad de Caen, en Francia, en 1889, la Obra de San Pedro Apóstol (P.O.S.P.A.) debe su existencia a la original iniciativa de Juana y Estefanía Bigard. Gracias a la correspondencia que mantenían con diversos misioneros, madre e hija se convencieron de que una comunidad cristiana local no habría podido convertirse plenamente en Iglesia sin un clero autóctono: obispos, sacerdotes y religiosos, los cuales serían capaces, mejor que otros, de dar valor a la riqueza de las tradiciones locales y de predicar el Evangelio en el ámbito de su misma cultura, en el modo más eficaz e incisivo.

Después de haber distribuido sus bienes entre los seminarios de tierras de misión y ofreciendo sus vidas de oración y sacrificio, Juana e Estefanía tuvieron la idea de pedir a otras personas la ofrenda de sus oraciones personales y una ayuda económica para cubrir las necesidades de tantos jóvenes que querían ser sacerdotes, pero que no tenían medios suficientes. Juana Bigard perseveró en su idea y continuó a invitar personas a formar parte de su grupo de sostenedores de la misión. Este grupo se prefijó los siguientes objetivos:

  • Insistir sobre la necesidad de la formación y la instrucción de sacerdotes y religiosos.
  • Contribuir en forma consistente al crecimiento del clero local.
  • Ampliar cada vez más este objetivo, contribuyendo a la formación de aquellos que deseaban ser sacerdotes o religiosos, dando una importancia especial a la formación del clero local.

Debido a su delicada salud Juana Bigard abandonó la responsabilidad de la Obra de San Pedro Apóstol el 22 de enero de 1905. Murió el 28 de abril de 1934 y recibió sepultura junto a su madre Estefanía en el cementerio Montparnasse, en Francia.
En 1920 la sede de la Obra se transfirió a Roma. El pequeño grupo creado por Juana y Estefanía Bigard había crecido y se había difundido por toda Europa y fuera de ésta. Con la aprobación de la Santa Sede fue proclamada Obra Pontificia el 3 de mayo de 1922.
Gracias a la intuición y a la visión de Juana y Estefanía Bigard, muchos Obispos, sacerdotes y religiosos se han beneficiado de la actividad de la Obra Pontificia de San Pedro Apóstol. Actualmente, la Obra asiste a 884 seminarios en los cuales residen casi 73.000 seminaristas. Estos jóvenes provienen de los cinco continentes: Africa, Asia, América, Oceanía y Europa.